Hace unas tres décadas sabíamos que la mitad de nuestro ADN lo heredábamos de nuestro padre y la otra mitad de nuestra madre. En esa época se creía que la transferencia de ADN del espermatozoide o del óvulo al embrión era la única forma con la que los progenitores transmitían información hereditaria a la descendencia, al menos en los humanos y otros mamíferos.
Si bien es cierto que muchas de las características del niño o la niña están escritas en su ADN (en concreto, en los genes que codifican la forma y la función de las proteínas), hoy sabemos que la experiencia diaria también importa. Muchos de los avatares de la vida, como la alimentación, los contaminantes y el estrés, afectan al funcionamiento de los genes. Así, pues, se recurre a factores sociales o ambientales para explicar por qué dos gemelos idénticos terminan padeciendo enfermedades distintas a pesar de poseer dotaciones genéticas muy similares.
Por aquella época ignorábamos que el legado biológico que cedemos a nuestros hijos incluye algo más que nuestras secuencias de ADN. De hecho, no solo nuestros hijos, sino también nuestros nietos y bisnietos, podrían heredar lo que se conoce como “información epigenética”.
Esta, al igual que el ADN, reside en los cromosomas (que albergan los genes) y regula funciones de la célula. Pero es distinta de la secuencia de ADN y responde a los cambios ambientales. Puede adoptar formas diversas, entre ellas pequeñas moléculas que se unen químicamente al ADN y a las proteínas que se hallan presentes en los cromosomas.